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por Antonio Luco

Hola, soy el nuevo

Santiago, Centro Penitenciario Colina II, 2019

Hola, soy el nuevo

Llegamos en micro desde Américo Vespucio Norte, puntuales con la hora programada. Es mi primera vez en el penal Colina II, y el espacio exterior parece algo desolado. Pocas personas esperan para entrar, no puede ser horario de visita. Algunas personas (varios hombres y mujeres) están trabajando ingresando materiales de construcción, pero no parecen una cuadrilla profesional o parte de gendarmería, más bien visitantes con maderas y baldes.

La seguridad parece rigurosa, y el paisaje es desolador. Abunda la basura y los perros que dan vueltas. Entramos a la pequeña sala, es funcional pero carece de encanto. Debemos apagar la estufa pues hace una cantidad insoportable de ruido. Ponemos las sillas en círculo, y poco a poco comienzan a llegar los internos. En pocos minutos aparecen todos, unos 12 o 13 asistentes, varios que no habían estado la sesión anterior. Tamara reitera un poco de que se trata el taller, para los recién llegados, Aníbal complementa. Luego comenzamos con las sesiones de entrevista. 

Las entrevistas cruzadas fluyen bien. Rápidamente se sueltan con las preguntas y respuestas, aparecen bromas, temas más profundos. Quienes no están siendo entrevistados esperan y escuchan interesados, hay respeto y calma entre los presentes, lo que llama la atención. En general las primeras preguntas que aparecen tienden a repetirse (¿En que comuna creciste? ¿Qué deporte y equipo de fútbol te gusta? ¿Qué sueños tienes para cuando salgas de aquí? ¿Tienes familia?). Hay buenas respuestas, cuando se insinúan las condenas parecen ser de más cortas (3, 4 años). Se siente que el hielo se ha roto en el grupo. Uno de los evangélicos, que responde siempre sobre Dios y su misericordia, pregunta a uno de los chicos jóvenes si cree en Dios. El chico respetuosamente dice que no es creyente, y el entrevistador cierra de inmediato la entrevista. Luego me comenta que era el momento de terminar. Me llama la atención que hasta en ese pequeño espacio muestre intransigencia. Cuando es mi turno de ser entrevistado, mi entrevistador es un sujeto carismático que me pone rápidamente en aprietos. Llama la atención el sonido de sorpresa que sale espontáneamente de todos cuando digo que no tengo hijos. Todos los talleristas, incluso los más jóvenes, son padres. 

Hacemos un pequeño break antes de salir afuera a tomar fotos, pero la verdad el interés por el café, las galletas y bebida es moderado. No hay ansiedad por fumar o hacer nada particular más allá de seguir las instrucciones del taller, lo que de nuevo contrasta con el taller en Valpo. Vamos al patio de la parroquia, se alcanza a divisar el interior donde parece que está el cura. Llueve, lo que nos agrupa a todos bajo el escaso pedazo techado, frente a los juegos para niños, y comenzamos a sacar fotos del patio, bajo la instrucción de que buscaran cosas que les parecieran “bellas”, o que les fueran significativas. Todo se concentran bastante, buscan sus fotos, piden la cámara, me llama la atención la poca dispersión del proceso. Por temor a falta de tiempo seteo la exposición de la cámara (análoga) en automático, y simplemente los motivamos a encuadrar y a hacer foco. Pero el trabajo es concentrado, y terminamos incluso unos minutos antes del cierre.

Salimos a las 12 exactas, Ricardo, el encargado de la cárcel, se encarga del retorno de los talleristas. Hay entusiasmo respecto al taller, nos despedimos de todos. Me quedo con la impresión de que el grupo va a agarrar vuelo. Hay personalidades intensas, pero en general parecen menos lejanos, quizás porque cumplen condenas más cortas y por lo mismo estás menos distantes del mundo de afuera.